Las cosas pequeñas que forman de verdad a los hijos
Parece atrevido establecer una teoría de la educación. Desde luego es algo que queda más allá de lo que hacemos en Cultura&Familia. Lo nuestro es algo más cercano, quizá, a la experiencia cotidiana. Esa cercanía que nos permite mirar a los ojos a nuestros hijos y observar dentro, en su profundidad de niño o de adolescente. Alcanzar ese lugar donde tantos deberías, tantas veces autoimpuestos, hacen aguas, porque no soportan el roce con la realidad.
Las teorías corren el riesgo de quedarse flotando en el éter de lo abstracto, donde no puede haber vida.
En casa, en familia, es otra historia. Una historia que comienza con un compromiso, y que debe estar alimentada por una visión coherente de la vida y de lo humano. Una historia que avanza, capítulo a capítulo, gracias al desgaste de sus protagonistas. Que sea gozoso o no, depende en buena medida de cada uno. O de cada dos, que no dejan de ser uno.



Volvamos al tema inicial. La teoría de la educación. De la buena educación, suponemos. Hay tantas… Y eso puede generar ansiedad en algunos padres. Porque están sobreestimulados, sobreinformados y sobreprotegidos. Los padres, decimos. Si fallas, lo estás haciendo mal. O peor aún. Si tu hijo falla, es que alguien, otro, lo está haciendo mal (sus amigos, un profesor, un youtuber o la sociedad en general).
Con los hijos, a veces nos da miedo todo. Para combatirlo, se les apunta a dos o tres extraescolares, se controla lo que comen (ojo a la última normativa) y se sigue un cierto control académico. Y el móvil. Para tenerle controlado, más que nada. Es por seguridad, ya se sabe.
Luego llegará la obsesión por la nota, por la carrera, por el puesto de trabajo. Y cuando queremos darnos cuenta, nos arrepentimos de haber instrumentalizado la educación de nuestros hijos. Recuerdo que hace unos años llamó una madre al colegio preguntando por el subdirector. Cuando le dieron el aviso, se quedó muy sorprendido. No tenía ningún alumno con el nombre de su hijo. Ese alumno no existía. La mujer que llamó era la madre airada de un profesor que no había pasado el periodo de prueba. Quería explicaciones, porque ella, claro, lo había preparado bien.
La labor de los padres no es asegurar el futuro laboral de sus hijos, sino ayudarles a reconocer lo verdaderamente humano que hay en ellos mismos y en los demás. Ponerles en situación de atender a los anhelos más profundos de todo ser humano. Es decir, ponerles en la pista de la felicidad. No del éxito.
Por eso, la cuestión trascendental no es lo que les facilitamos externamente (qué títulos, qué habilidades, qué éxitos), sino qué somos capaces de sembrar en su corazón. Y para sembrar hay que roturar y airear la tierra, hacer los surcos y dispersar la semilla. Todas ellas acciones puramente artesanales, lentas, costosas. Dependientes mucho más del ejemplo que reciben que del mejor máster del mercado. La economía se estudia, el inglés se aprende, el golf se practica. Ahí no hay mucho misterio.
Donde de verdad hay algo misterioso es en el interior, en lograr transmitir el valor de ser ser buena persona, el atractivo de ser educado y la importancia de ser culto (estar cultivado) para entrar en diálogo con lo más elevado del ser humano.
Todo eso se logra, fundamentalmente, en los primeros años de vida de nuestros hijos. En la infancia. No con lecciones pesadas. Es, más bien, un estilo que se transmite con menos palabras que hechos. Que te vean leer, es mucho más efectivo que un discurso sobre la lectura. Que te sorprendan en un silencio (¿Qué haces papá? ¿Hacer? Nada, solo pensaba). Que te vean disfrutar con la música. O con una buena fotografía. O con un atardecer de esos que parecen inabarcables. Todo eso tiene un valor enorme en la formación de nuestros hijos. Y es gratis… aunque cuesta. Cuesta, porque no se puede comprar, ni se puede contratar. Tampoco a uno lo pueden sustituir. Ni en el colegio más caro, ni en la escuela más prestigiosa.
La educación está más en el ser que en acumular certificaciones de prestigio. Por eso, muchas veces, lo mejor que podemos hacer es empezar a dejar de hacer cosas. Y dedicar esos vacíos a otras menos productivas, pero quizá más plenas.
En este sentido, quizá (solo quizá, para no sonar demasiado oportunistas) sea interesante dejar entrar la cultura en casa, y que con el tiempo nos obtenga lo que promete, que no es otra cosa que el cultivo de lo humano en la familia y en cada uno.