Lo nuestro y los misterios de la Semana Santa

En España no hay lugar donde uno no se tope, si acaso por casualidad, con el misterio de la Cruz. Desde antiguo, mucho antes del nacimiento de España como nación, las raíces cristianas de nuestra cultura se expandían por pueblos y aldeas, procurando un encuentro luminoso, fructífero, y a veces también difícil, entre lo terrenal y lo infinito.

Desde entonces han pasado decenas de generaciones. Y con ellas, tantos y tantos sucesos, algunos conocidos y recordados, otros -la mayoría- no tanto o nada en absoluto. Pero podría decirse que todos han colaborado en la formación de ese sustrato único y nutritivo que, de algún modo, todos los españoles conocemos como lo nuestro.

Lo nuestro pasa irremediablemente por el encuentro con los misterios centrales del cristianismo. Eso es incuestionable. Que a ese encuentro le siga adhesión o rechazo es, de hecho, prueba de su existencia. Incluso puede haber dejadez o desprecio. Pero nunca, al menos no se ha dado hasta ahora, indiferencia.

La Cruz nos interpela de modo espiritual, en cuanto que individuos, y también cultural, en cuanto que sociedad. En cualquier caso, demanda una respuesta personal, no ideológica. Un o un no, que son válidos únicamente cuando son pronunciados desde lo más íntimo de cada uno. Si vienen desde postulados ideológicos, al no ser auténticos, lo único que hacen es aplazar la cuestión.

No hay autor español que no se haya definido respecto a este punto. Seguramente no puede haberlo, porque la Cruz y el Crucificado están en la matriz de lo nuestro. Por no hablar de la figura de la Virgen, patrona en tantas advocaciones diferentes de todos los pueblos de España.

Es natural, entonces, contemplar la ebullición de devociones populares que recorren España estos días. Exposiciones, pasos, procesiones, saetas, tamboradas, etc. son la expresión acumulada de tantas generaciones que, con el paso de los siglos, han ido conformando un sí auténticamente humano -es decir, también material- que se expresa de manera bella, sublime incluso, ante el misterio que trata de acoger y que apenas comprende.

Esa respuesta, aún siendo tan limitada, tan humana, es, al mismo tiempo, una de las manifestaciones de la auténtica cultura (por oponerla a aquella más de lentejuelas y vanidades que se lleva por delante cualquier vientecillo de la Historia), pues en ella coinciden, en perfecta sintonía, millones de voces de todos los tiempos.

Es difícil encontrar otras vetas tan definidas en lo nuestro. Esta es una de ellas. No obstante, que sea lo nuestro, no quiere decir que sea una respuesta dada. Eso, por supuesto, le corresponde a cada uno. Pero a veces ayuda saber cómo se enfrentaron nuestros padres, abuelos y antepasados al mismo brete (brete porque la Cruz es una complicación, se mire como se mire; como todo lo que encierra un compromiso y una demanda de entrega).

En ese sentido, desde el paso procesional hasta la torrija, todo habla de lo mismo. De la respuesta aquilatada por el tiempo de los que nos precedieron.

Es decir, habla de nuestra cultura. De lo nuestro.

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